Amistad
La calidez sólo existe en las manos que te abrazan en el instante exacto en el que apareces por la puerta y escuchas a coro sus “Hola!”, “¿Cómo estás?”, “¡Qué linda!” o algún otro comentario gracioso y amoroso, siempre en voz alta y siempre a la vez. Te dan un beso, un abrazo, te reciben con los brazos, y te sientan en la mesa, como una más, una de toda la vida. Te cuentan como si fuera un noticioso las novedades del día, por turno, casi como si hubiera un director de cine detrás de todo, escuchan y esperan el lugar oportuno para decírtelo. Lo que sea que te tengan que decir. Y te cambia la vida, porque lo que te pesa ya no es sólo tuyo, ponen sus manos, lo reciben con amor y te dicen, vas a estar bien. Y les crees, porque no te queda otra. Y por supuesto, porque tienen razón, siempre tienen razón. Te saludan con el mismo regocijo con el que te recibieron y te prometen verte otra vez. Muy pronto para que no se extrañen tanto y porque hay muchas cosas que charlar y porque les gustaría hacerlo una vez por semana o por qué no mejor vivir en la misma casa? Y así terminan diciéndose cosas en la puerta sin querer despedirse, hasta la próxima vez. Para que todo vuelva a empezar.
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