Palabras de amor.

Dicen que no hay una razón específica por la cual algunos humanos encontramos en las palabras escritas la capacidad de expresarnos mejor. Algunos lo hacen con el cuerpo, otros con sonidos o melodías, e incluso he visto gente de lo más extraña removiendo colores sobre superficies pálidas. Posiblemente, sólo algunas de las tantas otras formas de exponer aquello que no podemos supurar de otra forma. La palabra escrita, sin embargo, tiene algo de definitivo, algo de permanente y en estos tiempos inmediatos, es difícil pensar en que hay algo que querríamos dejar para las posteridades. Y podrán decir tal vez que los caracteres se eliminan, que los trazos se borran o que los papeles se rompen, que nada es para siempre en este mundo y que no nos queda más que sucumbir ante la inquietante incertidumbre del ahora cómo único universo posible de control… Ah, pero la palabra… qué cosa… por que una vez expulsada del cuerpo y empujada hacia el papel se aferra como tierra a la herida de un niño torpe. Se hace materia, se solidifica, empieza a pesar, a ocupar espacio, a molestar incluso…se hace cascarita. Todo queda, nada se transforma, o algo así como dijo Drexler. Entonces, ¿cómo hacemos con semejante solemnidad para escribir algo que valga la pena? ¿Qué digo? ¿Qué omito? ¿Qué me permito? …Y la respuesta se hace obvia. De lo único que quiero dejar constancia es del amor. Aquel que nunca tuve, aquel que me dieron, o el que no quise, o el que me dejó, capaz el que me está buscando, o aquel que siguió de largo y no me vió. Aquel que todas las mañanas espero encontrar durmiendo al lado mío. Aquel que tengo en cada foto, en cada recuerdo, en cada cicatriz. Porque el amor perdura porque está escrito. El odio se esconde en la sombra de lo superfluo, de lo anónimo. En cambio el amor se dice con nombre y apellido.

Comentarios