Fotograma emocional.
A veces siento que la cantidad de emociones que me arrebatan se me van a andar cayendo de los bolsillos. En mi afán egoísta, intento agarrarlas todas para que no se escapen. Como no puedo, algunas se me salen por la boca, otras por las manos y la mayoría por los ojos. Si querés saber cómo me siento, mirame. No hay una razón lógica para esconderlas más que el miedo a que las descubras y pienses que estarías mejor sin ellas. Porque la verdad es que son un poco estruendosas y confusas. Algunas son rojas rojas, y me incendian cuando me tocás la piel. Otras son verdes como el brote de una planta que florece, como la promesa del nuevo día. Otras son algo amarillentas, y que como las hojas de un libro viejo, pesan en tierra, en recuerdos, en heridas, tuyas y mías, y me llenan de preocupación. Las más rebeldes son azules. Me asaltan con poco aviso, ni siquiera se bien el motivo, pero están ahí, siempre, esperando el momento para robarse el escenario. Y tienen varias caras, les gusta jugar con sus guiones, algunas hacen de miedos, otras de celos, otras de enojo. Por minutos me mantienen presa y me amenazan con que van a hacer un golpe de Estado. Pero nunca pueden y se difuminan con la llegada de un nuevo color.
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