Síndrome de Diógenes

Bestiales avanzan las pulsiones sanguíneas por las venas de mi cuerpo. Siento el burbujeante torrente por cada centímetro mío. ¿Lo podrás escuchar desde donde estás? El chispazo final del nervio reclama su lugar en la fiesta sonora, como cuando me agarras la mano y me haces sonar los dedos en esa demostración ansiosa de cariño medio violento. Colecciono los sonidos mientras me quejo infantilmente cada vez que haces eso y exagero un poco el dolor que no existe. Sigo con el cuerpo. Hay un tobillo que me suena al andar, es una lesión de hace años, ni sé cuando empezó ni cuando terminará. Me gusta porque me hace acordar de que estoy caminando, avanzando, a paso torcido pero seguro, o que por lo menos lo intento. La lista es larga, me sueno las falanges de mis dedos de la mano y del pie, me sueno la espalda baja y con suerte si me estiro bien contra el respaldar de la silla me sueno la espalda alta también. Ando como sonajero por la vida. Capaz son los cruces con mis propios sentimientos que me han dejado media destartalada del miedo y me hacen temblar como hoja de Mora. Vaya uno a saber. Esos son los propios, de los ajenos son tantos que ni me acuerdo. Puedo nombrar los esenciales. El ruido de las torcazas de la casa en el campo, el maullido de mi gata, las risas de aquellos que quiero, tu respiración en la noche y la primera vez que me dijiste que me amabas. Esos existen todos juntos adentro mío.

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